“La ansiedad y el pánico sirven de pantalla protectora contra el agudo dolor de enfrentarse a la pérdida, la mortalidad
o las amenazas de la autoestima”

La ansiedad

Hay muchas formas de ansiedad. Algunas de ellas no tienen nada de patológico, y son fruto de una reacción de autoprotección ante una situación de peligro real. Otras veces, la ansiedad aparece sin que haya un factor claro que la desencadene. En cualquier caso, la reacción ante la ansiedad suele ser, por un lado, la lucha; por otro, la evitación.

 

Todos padecemos de ansiedad en un momento u otro, pero hay personas que desarrollan lo que se conoce como trastorno de ansiedad generalizada (TAG), que genera una preocupación y una tensión crónicas, incluso cuando no hay nada que parezca provocarlas. Esta ansiedad, puesto que siempre está presente, hace que a quien la padece le sea muy difícil, por ejemplo, relajarse, conciliar el sueño o mantenerse dormido o dormida.

 

A menudo los trastornos de ansiedad van acompañados de síntomas físicos, especialmente temblores, contracciones nerviosas, dolores de cabeza y migrañas, irritabilidad, transpiración copiosa o accesos de calor o frío. La ansiedad es una vivencia especialmente desagradable, que puede ir acompañada de la sensación de falta de aire, de náuseas, de tener que ir al baño con mucha frecuencia, del sentimiento de tener un "nudo en la garganta", de temor, etc.

En general, si el daño asociado al TAG es medio o ligero, las personas que padecen el trastorno no se sienten restringidas en el medio social o en el entorno laboral, y no necesariamente se ven forzadas a evitar ciertas situaciones como causantes del trastorno Si el daño es severo, el TAG puede ser muy debilitante y crear dificultades al individuo para llevar a cabo las actividades diarias más simples.

El TAG se diagnostica cuando alguien pasa más de seis meses preocupándose excesivamente por problemas aparentemente sin importancia, o incluso preocupado sin saber definir la causa. Este trastorno se trata con terapia cognitivo-conductual, entre otras terapias. También se recomienda practicar pautas de relajación, respiración profunda, yoga y/o meditación. En cada caso, y siempre bajo supervisión médica, se puede seguir un tratamiento farmacológico con ansiolíticos y/o antidepresivos, aunque estos normalmente alivian los síntomas pero no atacan la raíz del problema.

La depresión

La depresión es una enfermedad caracterizada por una alteración del estado de ánimo del paciente, que cambia su manera de pensar y de percibir la realidad. A menudo afecta al ciclo normal de sueño-vigilia y de alimentación. La propia percepción se altera y se reduce la autoestima. Hay que diferenciar una depresión de un estado pasajero de tristeza, que se podría considerar una reacción normal frente a un acontecimiento negativo. La depresión se alarga en el tiempo y sus síntomas se agravan impidiendo el normal desarrollo de la vida cotidiana.

 

El síntoma más habitual de la depresión es un estado de ánimo de tristeza, en que la persona pierde el interés por casi todas las actividades usuales que hasta entonces le proporcionaban placer (anhedonia); e incluso se pierden las ganas de vivir. El enfermo utiliza expresiones como "me quiero morir", "nada vale la pena", etc. Otros síntomas habituales son la fatiga y la dificultad para emprender con ilusión las tareas del día a día, de modo que hasta las más sencillas pueden convertirse en una pesada carga.

La depresión, en alguna de sus formas, va acompañada de ansiedad, motivo por el cual los fármacos de la familia de los antidepresivos a menudo también son útiles para tratar estos trastornos de ansiedad. Otros síntomas habituales son llorar frecuentemente, los sentimientos de angustia, la irritabilidad, la apatía y los trastornos del sueño, entre otros.

En la actualidad existen potentes fármacos para tratar la depresión, aunque deben estar prescritos por un médico. Las depresiones pueden ser endógenas, es decir, sin causa aparente de la que seamos conscientes, o exógenas, como reacción a un evento negativo tal como la muerte de un ser querido, un contratiempo laboral o una situación de estrés muy intensa y prolongada en el tiempo.

 

Además del uso de fármacos, es recomendable averiguar si existen motivos más o menos evidentes de la depresión, pues a menudo los factores de estrés pasan desapercibidos. Se pueden seguir tratamientos de tipo psicoterapéutico, entre otros. Hablar de cómo nos sentimos también puede ayudarnos a entender qué nos pasa.

 

El grupo de ayuda mutua es un lugar perfecto para compartir estos trastornos que tanto dolor provocan, y para aliviarlos con la ayuda de compañeros que se encuentran en una situación similar y del psicólogo que conduce el grupo.

La agorafobia

Dentro de los trastornos de ansiedad, la agorafobia es el más común y uno de los más incapacitantes que se tratan en las consultas de psicología. El término proviene del griego "ágora" (espacio del mercado) y de "phobos" (dios griego del pánico). La persona que tiene este trastorno sufre una serie de temores relacionados con los lugares públicos, que le hacen muy difícil, si no totalmente imposible, salir a la calle, ir de compras, compartir espacios con multitudes (cines, teatros, campos de fútbol, ​​supermercados y grandes superficies) o utilizar determinados transportes (trenes, autobuses, aviones, barcos). A veces también pueden presentarse algunos temores relacionados con los espacios cerrados.

Los miedos suelen empeorar cuando el paciente esta solo en las situaciones citadas. A veces puede sentir pánico incluso estando a solas en casa. La compañía de personas de confianza, de animales domésticos o de determinados objetos que funcionan como amuletos (una botella de agua, una bolsa...) pueden reducir el miedo.

El síndrome suele comenzar con un súbito surgimiento de miedo o pánico en algún lugar público, que se reduce cuando el paciente escapa de la situación. La consecuencia de esto último es que el paciente tiende también a evitar otros lugares públicos de características parecidas, pese a no haber sentido antes pánico en ellos; incluso solo pensar en espacios similares le puede inducir un pánico o una ansiedad anticipatorios.

El paciente va evitando las situaciones y los lugares públicos para reducir el pánico o el miedo; esta es la causa principal de la incapacitación progresiva de las personas agorafóbicos, que, en los casos más graves, terminan recluyéndose entre los límites seguros de su hogar.

En ocasiones pueden tener ataques de pánico espontáneos, "como caídos del cielo", incluso estando acompañados en casa. Durante los ataques de pánico pueden tener muchos síntomas de ansiedad como palpitaciones, mareos, disnea, sequedad de boca, temblores, visión borrosa, sentimientos de claustrofobia, temor a enloquecer, a morirse o a perder el control. A menudo se desarrolla un miedo peculiar caracterizado como "miedo a tener miedo".

El pánico

¿Qué es un ataque de pánico? ¿Y por qué sufren algunas personas ataques y otras no? Depende de las circunstancias. Entre las causas que pueden favorecer los ataques, los expertos citan las situaciones de estrés, una predisposición genética (las personas con familiares afectados por trastornos de ansiedad tienen más posibilidades de padecer de ellos) y el género (hay una mayor afectación entre la población femenina).


Para definir un ataque de pánico se precisa analizarlo en su contexto biológico, lo que ayuda a muchas personas a desmitificar los síntomas y comprender qué les está pasando.

Un ataque de pánico es la preparación del cuerpo para enfrentarse a una situación de extremo peligro. Hace miles de años era una reacción muy útil. Los seres humanos no tenían dientes afilados, y en consecuencia debían reaccionar con gran rapidez ante una amenaza. Tenían dos opciones: correr o luchar. No había tiempo para pensar: el cerebro percibía un peligro e inmediatamente se activaba para facilitar la respuesta del cuerpo. Todos los síntomas de un ataque de pánico tienen su razón de ser si se considera el problema dentro del contexto de la historia de la humanidad.


El cuerpo cambia sus prioridades desde la supervivencia a largo plazo a la supervivencia a corto plazo. Para conseguir generar un mayor esfuerzo muscular genera nuevas hormonas como la adrenalina, aumenta la presión sanguínea y acelera el ritmo respiratorio. Las piernas y las manos tiemblan porque los músculos más grandes de las piernas se preparan para correr, y los de los brazos para luchar. Las manos y los pies sudan para mejorar su capacidad de agarrarse a las cosas. El flujo sanguíneo se desplaza desde el estómago hasta los grupos musculares más importantes, donde se utilizará en caso de emergencia; por tal razón, las personas que experimentan ansiedad con frecuencia también padecen a menudo problemas digestivos.

Las pupilas se pueden dilatar mucho durante un ataque de pánico, para permitir que el cerebro recopile más información visual sobre la situación. Muchas personas tienen ganas de vomitar o sufren diarrea, fenómenos que también se pueden considerar desde la perspectiva de la supervivencia: al vomitar o defecar no solo se reduce el peso corporal y se puede correr más, sino que el cuerpo resulta menos apetitoso ante una amenaza carnívora.

Si somos capaces de ver los ataques de pánico en este contexto, todos los síntomas resultan menos amenazantes. No son agradables, tampoco útiles en el marco de nuestro mundo moderno, pero asustan menos si tienen una explicación histórica, asustan menos. Y si nos asustan menos, ya hemos avanzado un pasito hacia la curación.

El trastorno obsesivo-compulsivo o TOC

Según la definición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-III-R. Asociación de Psiquiatría de los Estados Unidos, 1987) el TOC "consiste en la presencia de obsesiones o compulsiones repetidas, lo bastante graves como para crear un intenso malestar, gran pérdida de tiempo o una interferencia significativa en la rutina habitual del individuo, en su rendimiento profesional, en sus actividades sociales habituales o en sus relaciones con los demás."
 

Un ejemplo conocido de este trastorno, aunque acaso no muy bien reflejado por tratarse de una película, es el papel que interpreta Jack Nicholson en Mejor... imposible.
 

El DSM-III-R describe las obsesiones como "ideas, pensamientos, impulsos o imágenes persistentes que se experimentan, al menos inicialmente, como intrusas y sin sentido [...] El individuo intenta ignorar o suprimir este tipo de pensamientos o impulsos, o bien trata de neutralizarlos mediante otros pensamientos o acciones. El individuo reconoce que estas obsesiones son producto de su mente y no están impuestas desde el exterior."

 

Otra definición de obsesión relativamente similar pero con algunos matices es la de Dors, F. (1978): "Idea, temor, acto que se presenta repetidamente y es sentido por el individuo como forzado e impuesto contra su voluntad."
 

Las compulsiones son definidas como "conductas repetitivas finalistas e intencionadas, que se efectúan como respuesta a una obsesión, de forma estereotipada o de acuerdo con determinadas reglas. La conducta se elabora para neutralizar o impedir el malestar o algún acontecimiento o situación temidos. Sin embargo, o bien la actividad no se encuentra conectada de forma realista con lo que se pretende neutralizar o prevenir, o cuando menos es claramente excesiva. El acto se realiza con una sensación de compulsión subjetiva que, al mismo tiempo, se asocia a un deseo de resistir la compulsión (al menos, inicialmente). El individuo reconoce que su conducta es excesiva o irracional (esto parece que no se tendría que aplicar a los niños, ni tampoco a aquellas personas cuyas obsesiones se han desarrollado a partir de ideas sobrevaloradas). La persona también reconoce que esta acción no le produce ningún placer, aunque le procure un cierto alivio de la tensión."
 

En Dors encontramos definida la compulsión como "una fuerza interior que determina y domina el pensamiento y la acción de una persona en contra de su voluntad. El individuo se siente coaccionado. La compulsión puede extenderse a los pensamientos y los sentimientos, a los actos y al impulso a la acción, pero solo en el grado en que, en condiciones normales, estos obedecen a la voluntad consciente y podrían ser elegidos libremente por el yo dentro de ciertos límites. El contenido de la compulsión se caracteriza por sentirlo el sujeto como extraño a sí mismo y, de manera particular, irreconciliable con el ideal del yo."

Todas las definiciones van en una línea similar, y se diferencian solo en matices. La que damos a continuación, de Foa, Stekeete y Ozarow (1985), creemos que es muy acertada, sobre todo por la relación funcional que establece entre obsesión y compulsión. Estos autores sugieren que "el síndrome obsesivo-compulsivo consiste en una serie de eventos (manifiestos o encubiertos) que generan ansiedad; estos eventos reciben el nombre de obsesiones. Para aliviar la ansiedad producida por las obsesiones se ejecuta una serie de conductas (manifiestas o encubiertas), que llamamos compulsiones."

La fobia social

La fobia social está más extendida de lo que a primera vista pudiera parecer. Se basa en el desarrollo de un temor a las situaciones sociales en general. En los casos más incapacitantes, la persona puede llegar a evitar todo contacto con personas que no conoce o no le son de su confianza. Este miedo puede ser de tipo general o manifestarse de manera específica y generar ansiedad ante el hecho de tener que hablar o comer en público, por ejemplo, o ante otras situaciones que la patología lleva a querer evitar.

La fobia se alimenta del miedo al "juicio" que los demás puedan emitir sobre nosotros y de la opinión que puedan crearse. Se genera a menudo un círculo vicioso en que la persona se adelanta a la opinión "catastrófica" que los demás acabarán teniendo de ella: es lo que se conoce como "ansiedad anticipatoria", que puede llegar a ser tanto o más intensa que la desencadenada cuando se afronta realmente la situación temida. Esta ansiedad puede generar la típica "profecía autocumplida", cuando la obsesión por controlar la situación genera una angustia que impide realmente controlarla.

 

Pongamos un ejemplo clásico del funcionamiento de esta fobia. Una persona teme ruborizarse y que los demás lo vean. Cuando esta persona afronta la situación social temida, sus pensamientos, con cierta lógica, tenderán a desplazarse hacia la idea de "no quiero ruborizarme, no me ruborizaré porque los demás lo verán", etc. El pensamiento amenazador activará los sistemas de prealarma que todos tenemos y aumentará la tensión nerviosa, que a su vez impulsará los pensamientos amenazadores, y así se activa un ciclo en espiral. Finalmente, cuando la persona crea comenzar a notar que se enrojece, lo hará de veras. Hay muchas técnicas para evitar caer en este círculo, desde la psicoterapia que nos ayude a entender de dónde vienen los miedos y la terapia cognitivo-conductual, hasta sistemas de relajación consciente como el yoga o la meditación, principios psicológicos como "la intención paradójica" o la terapia breve estratégica.

La terapia de grupo de ayuda mutua está especialmente indicada en muchos casos de fobia social, pues compartir las vivencias y los sentimientos ayuda a entender que los otros no están tan pendientes de nosotros como podemos llegar a pensar; ¡de hecho, es posible que el interlocutor tenga también fobia social!

Fobias específicas

¡Quien no tenga alguna fobia que levante la mano! Las hay de todas clases y de todas las intensidades, desde aquellas que forman parte de nuestro día a día y no les damos importancia hasta las más graves e incapacitantes.

La fobia es el miedo a una situación u objeto concreto. Algunas son bien conocidas y están muy extendidas, como el miedo a las serpientes, a volar, a las arañas, a conducir, a los espacios cerrados, a los espacios abiertos, y una larguísima lista más. También el grado de sufrimiento que provocan puede ser muy variado, y así hallamos desde pequeñas fobias que no afectan a nuestro día a día hasta otras que generan un gran nivel de angustia, que lleva a la persona a evitar a cualquier precio la situación fóbica.

 

Las fobias pueden ser más o menos incapacitantes, dependiendo de muchos factores. Por ejemplo, no es lo mismo tener miedo a las serpientes en Australia que en Barcelona, ​​ni tener miedo a los ascensores en Londres o en Nueva York, ni temblar ante la perspectiva de tener que subirse a un avión un viajero ocasional que un ejecutivo que necesita volar constantemente por motivos laborales y que puede perder el trabajo si no se sube a estos aparatos.

Las fobias se pueden atacar desde muchos puntos de vista y con varios tipos de terapias, que generalmente llevan a enfrentarnos a la situación temida, ya que si no lo hacemos la fobia a menudo crece, aunque a veces pueda aparecer y desaparecer sin una motivación clara.

Generalmente la persona que tiene una fobia es consciente del origen irracional de su miedo. Por ejemplo, sabe que hay muchas más posibilidades de morir en una accidente de coche que de avión, pero, aún así, la ansiedad que se le genera antes de volar es más fuerte que los pensamientos conscientes y objetivos con que la intenta combatir.

 

La terapia de ayuda mutua en grupo permite compartir las experiencias de este tipo, debatir estrategias positivas para afrontarlas y encontrar en el apoyo de los demás la comprensión y los ánimos para afrontar las dificultades inherentes a todo proceso de mejora.

 

 

 

El trastorno de ansiedad generalizada o TAG

El trastorno de ansiedad generalizada es mucho más que la ansiedad normal que se suele experimentar con el día a día. Es crónico y llena la jornada de una persona con exagerada preocupación y tensión, incluso sin haber nada que lo motive. Quien padece este trastorno siempre está anticipando algún desastre, o preocupándose a menudo y en exceso por cuestiones de salud, dinero, familia o trabajo. Algunas veces, sin embargo, el origen es difícil de definir. El mero pensamiento de afrontar un nuevo día provoca ansiedad.
 

Este es el testimonio de una afectada por el TAG:

 

"Siempre pensé que lo único que me sucedía era que me preocupaba en exceso por todo; me sentía a punto de saltar en cualquier momento y era incapaz de relajarme. En ocasiones este sentimiento iba y venía, y en otras se mantenía constante y me podía durar días. Me sacaba de quicio la preparación de una cena de celebración y la elección del regalo más adecuado para cada persona. No podía dejar escapar ningún detalle.

"Tenía problemas de sueño. A veces me despertaba de repente en medio de la noche; me costaba concentrarme incluso para leer el periódico o una novela. En otras ocasiones me sentía algo mareada y el corazón se me aceleraba o latía con fuerza, lo que aumentava todavía más mi preocupación. Siempre estaba imaginando que todo era peor de como era en realidad: si me dolía el estómago, estaba segura de tener una úlcera.
 

"Cuando llegué a un punto insostenible dejé de acudir al trabajo, lo que me hizo sentir aún peor, porque pensaba que lo perdería. Mi vida se convirtió en un tormento hasta que, por fin, busqué ayuda y logré recibir un tratamiento adecuado."
 

Parece que este trastorno no produce excesiva discapacidad a las personas que lo sufren, aunque son consciente de que su ansiedad es más intensa de lo aceptable en cada caso. Sus preocupaciones se ven acompañadas de síntomas físicos, especialmente fatiga, dolores de cabeza, tensión o dolor muscular, dificultades en la deglución, temblores, contracciones, irritabilidad, sudoración y sofocos. También pueden experimentar mareos, falta de aire, náuseas o necesidad de ir con frecuencia al baño.
 

Algunas personas se pueden sentir incapaces de relajarse y tienen más tendencia que la mayoría a asustarse por cualquier motivo. Acostumbran a experimentar dificultades de concentración y, a menudo, tienen problemas para conciliar el sueño o mantenerlo.
 

Contrariamente a las personas con trastornos de ansiedad diversos, las afectadas por este trastorno no evitan ciertas situaciones a causa del problema. Cuando los problemas asociados con el trastorno son menores, las personas pueden funcionar con normalidad tanto en sus relaciones sociales como en el trabajo. Si el problema es severo, puede ser discapacitante y dificultar incluso las actividades diarias más comunes.

 

El trastorno afecta a alrededor de cuatro millones de adultos en los Estados Unidos, el doble de mujeres que de hombres. Se presenta gradualmente y puede comenzar en cualquier momento del curso vital, aunque el riesgo de padecerlo es más elevado entre la niñez y la media edad. Se diagnostica cuando alguien pasa al menos seis meses preocupándose excesivamente por un cierto número de problemas cotidianos. Hay evidencia de que el factor genético tiene un papel modesto en su desarrollo.

El TAG puede estar acompañado de otro trastorno de ansiedad, de depresión o de un abuso de sustancias tóxicas. Todos estos problemas deben tratarse conjuntamente.